RADIO WICHARD
12 dic 2012
10 dic 2012
FEN
La ministra de Empleo muestra la misma falta de respeto por nuestra inteligencia que mi antigua profesora de Formación del Espíritu Nacional
FUENTE: www.elpais.es
Su nombre era Formación del Espíritu Nacional, pero todos la
llamábamos FEN. Aunque para los estudiantes siempre fue una “maría”, sus
peculiaridades revelaban la importancia que el sistema educativo
franquista concedía al adoctrinamiento ideológico. El espíritu nacional
de los varones, por ejemplo, requería un cultivo mucho más estricto y
exigente que el de las mujeres, a juzgar por las discrepancias que
arrojaba la comparación de nuestros libros de texto. Donde ellos
aprendían nociones de política, economía o administración del Estado, a
nosotras nos enseñaban a valorar la maternidad, la dicha de servir y las
ventajas de la sumisión. Esto último parece una exageración
malintencionada, pero no lo es.
Para ensalzar la suerte que tenían las mujeres españolas, frente a otras con capacidad para gestionar sus herencias, disponer de sus sueldos, divorciarse o ser madres solteras con los mismos derechos que las casadas, mi profesora de FEN alababa la sensibilidad del Caudillo, que nos quería tanto que estaba dispuesto a evitarnos cualquier quebradero de cabeza. Así, una legislación que nos impedía tomar decisiones sobre nuestra propia vida, se convertía en una bendición, y la minoría de edad perpetua que nos aguardaba, en la clave de nuestra superioridad sobre los hombres, unos desgraciados, condenados a la desdicha de tener la sartén por el mango, con la de jaquecas que da eso.
Hace muchos años que olvidé aquellas enseñanzas. Las recuperé el otro día, cuando la ministra de Empleo declaró que los jubilados están satisfechos de que el Gobierno no actualice sus pensiones. Pero que nadie se escandalice, porque la semejanza no está en el fondo, sino en la forma. Los argumentos de Báñez se comentan solos. Fue su desparpajo el que me recordó la falta de respeto que mi profesora de FEN mostraba por la inteligencia de sus alumnas.
ALMUDENA GRANDES
Para ensalzar la suerte que tenían las mujeres españolas, frente a otras con capacidad para gestionar sus herencias, disponer de sus sueldos, divorciarse o ser madres solteras con los mismos derechos que las casadas, mi profesora de FEN alababa la sensibilidad del Caudillo, que nos quería tanto que estaba dispuesto a evitarnos cualquier quebradero de cabeza. Así, una legislación que nos impedía tomar decisiones sobre nuestra propia vida, se convertía en una bendición, y la minoría de edad perpetua que nos aguardaba, en la clave de nuestra superioridad sobre los hombres, unos desgraciados, condenados a la desdicha de tener la sartén por el mango, con la de jaquecas que da eso.
Hace muchos años que olvidé aquellas enseñanzas. Las recuperé el otro día, cuando la ministra de Empleo declaró que los jubilados están satisfechos de que el Gobierno no actualice sus pensiones. Pero que nadie se escandalice, porque la semejanza no está en el fondo, sino en la forma. Los argumentos de Báñez se comentan solos. Fue su desparpajo el que me recordó la falta de respeto que mi profesora de FEN mostraba por la inteligencia de sus alumnas.
ALMUDENA GRANDES
UN MINIORDENADOR PARA REVOLUCIONAR LAS ESCUELAS
Los creadores de la placa Raspberry Pi, que cuesta 26 euros, quieren animar a los adolescentes a estudiar informática
FUENTE: www,elpais.es / Manuel Ángel Méndez -
Madrid
La placa Raspberry Pi.
Es del tamaño de una tarjeta de crédito, tiene nombre de fruta y
aspira a lograr algo que hasta ahora nadie ha conseguido: volver a
entusiasmar a los niños con la informática. Se trata de Raspberry Pi,
un miniordenador con las tripas al aire listo para conectar a un
monitor y a un teclado pero tan barato que hasta un adolescente se lo
puede permitir. Cuesta 26 euros (35 dólares) y en ocho meses se han
vendido casi 700.000 unidades en todo el mundo.
Sus creadores, un grupo de académicos de Cambridge (Reino Unido), constituyeron en 2009 la organización sin ánimo de lucro Raspberry Pi Foundation para promover la idea y revertir una preocupante tendencia: el desplome en el número de estudiantes de ingeniería informática. En España, por ejemplo, las matrículas han caído un 40% desde el 2003 y están en el nivel más bajo desde hace casi dos décadas. Ocurre lo mismo en media Europa y EE.UU. por factores demográficos y laborales, pero también tecnológicos.
“Nuestra hipótesis es que los ordenadores de los 80 eran más básicos y abiertos, cualquiera podía experimentar con ellos y programar. En los últimos 20 años equipos cerrados, no programables, como consolas, móviles o tabletas, han sustituido ese ecosistema. Con Raspberry Pi queremos recuperar esa sensación de experimentar, de programar, y llevarla a la escuela”, explica en conversación telefónica Eben Upton, impulsor del proyecto.
La Raspberry Pi (Raspberry, frambuesa y Pi, del lenguaje de programación Python) es poco más grande que la palma de una mano y contiene los componentes básicos para funcionar: un procesador ARM con una potencia similar a la de un PC del 2003 o un smartphone de gama media; 512 MB de memoria RAM; dos puertos USB y uno ethernet (para conectarse a la Red por WiFi es necesario un pincho USB); salida de audio y vídeo HDMI, para reproducir vídeo en alta definición; microUSB para enchufarla a la corriente (funciona con cualquier cargador USB del móvil); y salida estándar de audio (minijack) y vídeo (conector RCA).
Una tarjeta de memoria SD almacena el sistema operativo. La placa opera solo con software libre, con varias distribuciones de Linux que se pueden descargar en la página del proyecto. Esperan que pronto pueda ser compatible con Android aunque de Microsoft no quieren saber nada. “Hemos hablado con ellos, pero nuestro procesador ARM no es compatible con la versión RT de Windows 8 y además hay un problema de precio. Si Microsoft quisiera cobrar por el sistema operativo, digamos 50 dólares, la idea ya no sería viable”, dice Upton, de 34 años, antes profesor en la Universidad de Cambridge y ahora directivo en Broadcom, firma que aporta los procesadores.
La fundación que dirige fabrica casi 200.000 unidades al mes. Antes lo hacían en China pero ahora la mayoría se produce desde Reino Unido. Todas se venden, a Europa y EE.UU. principalmente. “Según salen de la fábrica las enviamos, no hay inventario”, sonríe Upton. A ese ritmo superarán pronto el millón de Raspberry Pi vendidas en un año. Y si antes los compradores eran geeks, ahora cada vez más escuelas (unas 150 en Reino Unido), padres y jóvenes se hacen con una, además de empresas que la utilizan para interconectar o gestionar maquinaria industrial.
Los usos de la Raspberry Pi son casi infinitos, depende de las ganas y habilidad de cada uno. Se puede conectar al televisor para reproducir vídeos y contenidos online, permite programar juegos y ejecutarlos, manejar robots o automatizar tareas del hogar como encender la calefacción o la lavadora en remoto. “Muchas escuelas lo utilizan para enseñar a programar con Scratch, un lenguaje de iniciación para niños. Y hay juegos como Minecraft que ya han sido portados a la placa. La idea es que cualquier chaval pueda llevársela a su habitación y experimentar”, explica Upton.
Raspberry Pi no ha sido la primera en llegar, aunque su foco en educación la hace diferente. Otras iniciativas como Arduino, Beagleboard, Hackberry o Cubieboard ofrecen una plataforma parecida, aunque cada una con precio, especificaciones y potencia diferente. Arduino, el proyecto con mayor reconocimiento hasta la fecha, ha producido más de 300.000 placas, cifra que Raspberry Pi supera ya con creces.
Eben Upton reconoce sentirse desbordado por la acogida. De momento son cinco personas a tiempo completo pero en seis meses esperan ser el doble. “Somos una organización sin ánimo de lucro, obtenemos algo de beneficio, no mucho, pero lo reinvertimos todo en aumentar la lista de programas soportados, mejorar el hardware y crear material docente para profesores y estudiantes”, explica.
Los próximos pasos los tiene claros. Por un lado, lanzar en enero el modelo de 25 dólares (19 euros), que vendrá con menos memoria, sin conexión ethernet y un solo puerto USB, y también el módulo de cámara para quienes quieran añadirlo a la placa. Por otro lado, centrarse en su misión educativa.
“Vamos a organizar un concurso con un premio de 1.000 dólares para animar a los jóvenes a mostrar lo que se puede hacer con la Raspberry Pi”, dice Upton. ¿Quieren revolucionar las escuelas? “Son palabras mayores. Me conformaría con que mil jóvenes más de los 10.000 actuales en Reino Unido escogieran estudiar cada año ingeniería informática. Si lo logramos será un éxito tremendo, ya veremos si una revolución”.
Sus creadores, un grupo de académicos de Cambridge (Reino Unido), constituyeron en 2009 la organización sin ánimo de lucro Raspberry Pi Foundation para promover la idea y revertir una preocupante tendencia: el desplome en el número de estudiantes de ingeniería informática. En España, por ejemplo, las matrículas han caído un 40% desde el 2003 y están en el nivel más bajo desde hace casi dos décadas. Ocurre lo mismo en media Europa y EE.UU. por factores demográficos y laborales, pero también tecnológicos.
“Nuestra hipótesis es que los ordenadores de los 80 eran más básicos y abiertos, cualquiera podía experimentar con ellos y programar. En los últimos 20 años equipos cerrados, no programables, como consolas, móviles o tabletas, han sustituido ese ecosistema. Con Raspberry Pi queremos recuperar esa sensación de experimentar, de programar, y llevarla a la escuela”, explica en conversación telefónica Eben Upton, impulsor del proyecto.
La Raspberry Pi (Raspberry, frambuesa y Pi, del lenguaje de programación Python) es poco más grande que la palma de una mano y contiene los componentes básicos para funcionar: un procesador ARM con una potencia similar a la de un PC del 2003 o un smartphone de gama media; 512 MB de memoria RAM; dos puertos USB y uno ethernet (para conectarse a la Red por WiFi es necesario un pincho USB); salida de audio y vídeo HDMI, para reproducir vídeo en alta definición; microUSB para enchufarla a la corriente (funciona con cualquier cargador USB del móvil); y salida estándar de audio (minijack) y vídeo (conector RCA).
Una tarjeta de memoria SD almacena el sistema operativo. La placa opera solo con software libre, con varias distribuciones de Linux que se pueden descargar en la página del proyecto. Esperan que pronto pueda ser compatible con Android aunque de Microsoft no quieren saber nada. “Hemos hablado con ellos, pero nuestro procesador ARM no es compatible con la versión RT de Windows 8 y además hay un problema de precio. Si Microsoft quisiera cobrar por el sistema operativo, digamos 50 dólares, la idea ya no sería viable”, dice Upton, de 34 años, antes profesor en la Universidad de Cambridge y ahora directivo en Broadcom, firma que aporta los procesadores.
La fundación que dirige fabrica casi 200.000 unidades al mes. Antes lo hacían en China pero ahora la mayoría se produce desde Reino Unido. Todas se venden, a Europa y EE.UU. principalmente. “Según salen de la fábrica las enviamos, no hay inventario”, sonríe Upton. A ese ritmo superarán pronto el millón de Raspberry Pi vendidas en un año. Y si antes los compradores eran geeks, ahora cada vez más escuelas (unas 150 en Reino Unido), padres y jóvenes se hacen con una, además de empresas que la utilizan para interconectar o gestionar maquinaria industrial.
Los usos de la Raspberry Pi son casi infinitos, depende de las ganas y habilidad de cada uno. Se puede conectar al televisor para reproducir vídeos y contenidos online, permite programar juegos y ejecutarlos, manejar robots o automatizar tareas del hogar como encender la calefacción o la lavadora en remoto. “Muchas escuelas lo utilizan para enseñar a programar con Scratch, un lenguaje de iniciación para niños. Y hay juegos como Minecraft que ya han sido portados a la placa. La idea es que cualquier chaval pueda llevársela a su habitación y experimentar”, explica Upton.
Raspberry Pi no ha sido la primera en llegar, aunque su foco en educación la hace diferente. Otras iniciativas como Arduino, Beagleboard, Hackberry o Cubieboard ofrecen una plataforma parecida, aunque cada una con precio, especificaciones y potencia diferente. Arduino, el proyecto con mayor reconocimiento hasta la fecha, ha producido más de 300.000 placas, cifra que Raspberry Pi supera ya con creces.
Eben Upton reconoce sentirse desbordado por la acogida. De momento son cinco personas a tiempo completo pero en seis meses esperan ser el doble. “Somos una organización sin ánimo de lucro, obtenemos algo de beneficio, no mucho, pero lo reinvertimos todo en aumentar la lista de programas soportados, mejorar el hardware y crear material docente para profesores y estudiantes”, explica.
Los próximos pasos los tiene claros. Por un lado, lanzar en enero el modelo de 25 dólares (19 euros), que vendrá con menos memoria, sin conexión ethernet y un solo puerto USB, y también el módulo de cámara para quienes quieran añadirlo a la placa. Por otro lado, centrarse en su misión educativa.
“Vamos a organizar un concurso con un premio de 1.000 dólares para animar a los jóvenes a mostrar lo que se puede hacer con la Raspberry Pi”, dice Upton. ¿Quieren revolucionar las escuelas? “Son palabras mayores. Me conformaría con que mil jóvenes más de los 10.000 actuales en Reino Unido escogieran estudiar cada año ingeniería informática. Si lo logramos será un éxito tremendo, ya veremos si una revolución”.
4 dic 2012
FRÍO
Parece que vivimos en un "talent show" donde el ingenio de los concursantes se aplica a conseguir la demolición programada de un país en el menor tiempo posible
FUENTE: www.elpais.es / Almudena Grandes
3 DIC 2012
En este panorama, me han conmovido las sencillas imágenes de un video en el que gente normal, militantes de base del PSOE, habla para gente normal, los votantes decepcionados por el Gobierno de Zapatero. Queremos pedir perdón, dicen mirando a la cámara, por todo lo que no hicimos y por lo que hicimos mal. Sólo ese propósito, con la asunción de responsabilidades que implica, representa una proeza, una chispa de calor en este otoño implacable, y aún más, un ejercicio de pura política en un país donde la mayoría de los políticos han renunciado a su oficio.
Al verles, creí que el PSOE había recuperado el instinto y la cordura, pero no. Una airada Soraya Rodríguez se apresuró a desautorizarles, levantando en el aire el dedo índice de los dirigentes, el mismo que está abriendo a su partido en canal para conseguir que se desangre lentamente. No hay que pedir perdón, afirmó, sino reconocer los logros. A este paso, el principal será su propio cadáver.
27 nov 2012
LA MEDITACIÓN DEL REY DESTRONADO
Artur Mas quiso encarnar la voz y el destino del pueblo catalán: ahora le costará gobernar con una mayoría insuficiente en un Parlamento fragmentado. Mientras tanto, sigue viva la reivindicación de mayor autogobierno.
EVA VÁZQUEZ
FUENTE: www.elpais.es
No era el rey Arturo. Tampoco era el caudillo que unos soñaban y otros denunciaban. Es dudoso que a estas alturas pueda mantenerse como líder incontestado de Convergència i Unió: los cuchillos se afilan en el partido de Pujol donde fabricaron su liderazgo y más todavía en Unió Democràtica, el socio de coalición dirigido por Duran i Lleida, al que los designios dinásticos de la familia Pujol prohibieron el acceso al trono. Le costará incluso seguir como presidente en ejercicio, es decir, gobernar, con una mayoría tan insuficiente en un Parlamento tan fragmentado y excitado por su acción divisiva y sus recortes sociales: ha roto todos los puentes con el PP, ha peleado por el electorado independentista de Esquerra Republicana y ha intentado quebrar el espinazo al socialismo catalán.
Su plan y su hoja de ruta yacen hechos trizas en los salones del hotel Majestic donde su partido acostumbra a celebrar sus numerosas victorias. Semáforo rojo. Quiso cambiar el catalanismo pactista y aspiró a superar a todos los héroes que le precedieron. Se sintió con fuerzas para desafiar al Minotauro, la bestia mitológica que el historiador Jaume Vicens Vives identificaba con el poder español, con el objetivo de acabar de una vez con la ineptitud secular de los catalanes respecto al Gobierno del Estado: ya que no se nos abren las puertas del de España, vamos a crear uno propio. Se sintió llamado a tomar esta empresa como un desafío personal, arropado por la seguridad en su causa y por la fe en el derecho de los catalanes a decidir sobre su futuro. Iba a ser la voz del pueblo. Su destino iba a ser el de Cataluña. Palabras mayores todas ellas en tiempos muy menores. Se las susurraban sus asesores, sus amigos, sus aduladores, cada vez más numerosos, cada vez más hipnotizados por sus propias palabras y sordos a las razones de los otros, sobrecargados de sus propias razones.
El domingo por la noche, a pie de resultados, rechazó la entrevista que le pedía TV-3, la televisión pública, su televisión. No es extraño. Su deuda es con el pueblo, no con los ciudadanos de Cataluña. Su guardia mediática evita la intemperie. Todo muy medido y preparado. Durante la campaña tampoco quiso dar entrevista alguna a EL PAÍS. Sus lectores no eran “una prioridad”, según su equipo de campaña. Quien accedió a responder a las preguntas incómodas de TV-3 en la noche de una tan amarga victoria fue Oriol Pujol, el hijo del patrón y secretario de Convergència Democràtica. “El presidente no puede responder a la entrevista porque está reflexionando”, fueron sus explicaciones.
Es una muy buena respuesta. Artur Mas debe hacer una reflexión seria sobre las sucesivas decisiones que le han llevado a esto, lo más parecido a dispararse en el pie cuando nos había anunciado la caza del león. “Cataluña está en vísperas de su plenitud nacional”, dijo después de la Diada.
Estábamos y estamos en el abismo financiero más profundo. La Generalitat, sin liquidez. La población, en un pozo de desempleo, recortes y pérdidas de derechos como no se habían visto desde la posguerra. El bochorno es colosal. Los panegíricos y ditirambos en honor del rey Arturo se han trocado en espinas lacerantes. La antología es extraordinaria. No solo por las frases del propio Mas y de su guardia pretoriana, sino de los periodistas, directores de medios y empresas de comunicación enteras. Llenarían colecciones de libros.
El destrozo va mucho más allá de lo que nadie hubiera esperado y previsto. No es Mas el único que deberá reflexionar. También deberían participar de esta meditación nacional todos los que han coadyuvado a la construcción del escenario ficticio que ahora se ha derrumbado y que tanto daño ha producido ya al proyecto soberanista. Algo tendrán que decir los responsables de unas encuestas que ni siquiera se acercaron a las cifras finales del hundimiento.
No son los únicos. Hay muchos comentaristas en los medios de comunicación que se han dejado llevar por la corriente o por sus bajas pasiones e intereses, que deberán también meditar sobre sus responsabilidades y dar alguna explicación. La ficción que se ha creado en torno a la transición nacional, al liderazgo de Mas y al cambio que se acercaba merece una meditación generalizada de las élites catalanas, de las que hay que excluir, justo es decirlo, a un empresariado que ha sabido mantenerse en silencio mientras los otros se regodeaban ruidosamente en sus errores.
Por mucho que se empeñen algunos, insistiendo todavía en la mayoría soberanista del Parlamento, no hay por dónde coger los resultados. CiU se ha quedado a 18 diputados de la mayoría absoluta que se había fijado como objetivo y que justificaba la precipitada disolución parlamentaria en la atmósfera soberanista de la Diada. No tiene mayoría de Gobierno si alguna de las tres fuerzas que le siguen no le echan un cable. La mayoría soberanista apenas se ha movido en un diputado por arriba, lejos de la barra de los dos tercios del Parlament que se establecía como símbolo de la hegemonía: tampoco por ahí se justifica la maniobra. Nadie en las filas de CiU, Artur Mas el que menos, tiene la capacidad ni la grandeza para promover geometrías políticas distintas. Recordemos que Jordi Pujol arrancó su larga presidencia en 1980 solo con 43 diputados.
La reflexión nacionalista se enfrenta a un obstáculo grave, surgido de su repertorio más clásico. Se llama Madrid. Cualquier crítica queda adscrita a la inquina secular instalada en su discurso y cierra el camino al análisis. La hipermediática Pilar Rahola, pionera del culto masista, supo verlo con agudez en su libro La máscara del rey Arturo: “Él parece guiarse por una disciplina moral estricta, que no se acomoda muy bien con la lógica sucia de la guerra política. Todo gira alrededor de un cierto aire de martirio”.
Rahola, que escribió su libro a rebufo de Yasmina Reza y su El alba la tarde o la noche sobre Nicolas Sarkozy, utiliza el pronombre Él en cursiva para no repetir su nombre, con el efecto de subrayar todavía más hasta qué punto este hombre gris necesita el culto a su liderazgo. Con la Diada, y una estudiada ausencia en la manifestación que le hizo todavía más presente, el mito del líder alcanzó cotas solo superadas por la última ocurrencia de su equipo de campaña. Identificado como Moisés y convertido en la voz del pueblo, el rostro de Artur Mas colgado de las farolas de Cataluña estaba listo ya para el sacrificio.
Si el nacionalismo se equivocará en eludir la reflexión escondiendo la cabeza detrás de Madrid, todos los que el nacionalismo identifica con Madrid harán lo mismo si en la derrota sin paliativos de Mas quieren entender una derrota de Cataluña y una victoria de la España de una sola nación, una sola identidad y una sola lengua. El problema se halla intacto. O peor: con los puentes rotos y el interlocutor natural herido gravemente gracias a sus errores y pecados. La transición nacional fue una idea de Mas. El Estado propio dentro de la Unión Europea también. Pero la crisis institucional del Estado de las autonomías, la financiación insuficiente, el déficit catalán en infraestructuras, la insatisfacción catalana con los símbolos y con la lengua, la aspiración de Cataluña a mayores cotas de autogobierno y a una presencia singular en Europa, seguirán existiendo caiga o siga Mas, tengan o no recorrido los actuales planes de la indiscutible mayoría soberanista que hay en el Parlament.
Además, tras el batacazo suenan distintas las descalificaciones contra los tibios y los dialogantes de uno y otro lado. No suena mal ahora el pacto fiscal primero exigido perentoriamente y luego despreciado por demasiado poco y demasiado tarde. Tampoco parece tan descabellado el federalismo, menos inextricable que el famoso Estado propio, que los maltrechos socialistas catalanes han situado en el centro del escenario.
Las elecciones ponen a todos en su sitio. Mas dijo que pensaba en Cataluña y no en su partido cuando convocó elecciones. Al revés te lo digo para que me entiendas, le ha respondido la voz del pueblo, esos 3,5 millones de decisiones que dibujan, sumadas una detrás de otra, el acierto que corrige un inmenso error. Cataluña ha ganado, CiU tiene la pesada tarea de formar Gobierno en las peores condiciones posibles y Artur Mas ha sufrido una severa derrota de la que difícilmente podrá levantarse. Un presidente malherido y disminuido es el que debe gobernar a partir de ahora.
En otro sistema de partidos la cabeza de Mas habría caído ya. En este, por el contrario, recibe un doble castigo, el de su derrota personal y el de gestionar el Gobierno en las peores condiciones. La generosidad que exige tal situación es escasa en la vida política de hoy y quien menos la encarna es el presidente, propenso a lamerse las heridas y a contemplarse dolidamente en el espejo. A pesar de todo, habrá que exigírsela.
LLUÍS BASSETS
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