Hay matrimonios cuyos cónyuges aparecen unidos por coordinación o
subordinación, los hay meramente yuxtapuestos en el peor sentido
FUENTE: www.elpais.es
La conjunción gramatical es una de las piezas más pequeñas del motor
de la frase. Se utiliza para unir oraciones o palabras y establecer
entre ellas relaciones jerárquicas que reflejan los escalafones de la
vida. Quiere decirse que las conjunciones sirven para saber quién manda.
Cuando escribo en el BOE “te quito la paga extraordinaria porque eres
un funcionario de mierda”, resulta que el “porque”, una modestísima
conjunción, articula dos oraciones (“te quito la paga extraordinaria” y
“eres un funcionario de mierda”) al modo en que la rodilla y el codo
articulan, respectivamente, las dos partes de que se componen la pierna y
el brazo. Las articulaciones son tan importantes para mantener el
statu quo
que, a la hora de amputar, no es lo mismo que te corten por debajo o
por encima de la rodilla, por debajo o por encima del brazo. Si el
cirujano logra salvar la articulación, la prótesis que sustituya al
miembro perdido resultará más eficaz.
Gracias entonces a ese humilde “porque”, una palabra de dos sílabas
que además carece de otro significado que el meramente gramatical, estas
dos oraciones pueden andar juntas por la vida. Y cuando nosotros las
vemos saliendo de la boca de un ministro o escritas en un papel con
membrete, adivinamos enseguida cuál es la principal y cuál es la
subordinada porque reflejan una jerarquía copiada del orden de la
existencia. En otras palabras, yo sé quién es el funcionario de mierda
al que reducen el sueldo y quién el ministro que ordena reducirlo.
¿Sirve o no sirve la conjunción para saber quién manda?
Hay conjunciones que sirven también para subir el IVA, como cuando
Rajoy, por ejemplo, dice: “Ese asunto no está ahora mismo encima de la
mesa, pero…”. Da igual lo que venga detrás del “pero”…, que es la
conjunción, porque el significado es que subirá el IVA. A veces, aunque
el “pero" no está explícito, funciona con idéntica eficacia. Si Rajoy
afirma que no está en condiciones de asegurar que pedirá el recate, lo
que quiere decir es que lo pedirá. El “pero” que vendría a continuación,
y que ha escamoteado al público, es, aunque invisible, de tal tamaño
que no queda otra. Los huesecillos del tobillo tampoco se ven y nadie
duda de su eficacia. Una amiga se hizo un esguince nada más comenzar las
vacaciones, o como se llame lo de este año, y está la pobre en un ay.
Las conjunciones son muy dadas a los esguinces, sobre todo cuando salen
de la boca de Rajoy y Montoro, aunque también de la de Ana Mato o de la
de Soria, o de la de Morenés. Por no hablar del ministro de Cultura, que
pronuncia todo el rato frases descoyuntadas (o con los huesecillos del
talón hechos polvo), a las que su subsecretario, el pobre Lassalle, no
hace más que poner férulas a fin de enderezarlas para que las dos partes
de la oración, aunque rígidas, se mantengan más o menos en pie.
Hay tantas formas de articulación gramatical como de articulación
existencial. La yuxtaposición, que es una de ellas, consiste en unir
oraciones sin recurrir a ningún tipo de conjunción. Oraciones sin
rótula, podríamos decir, o sin astrágalo, o sin lo que haya en el codo,
que no me viene ahora.
En lugar del nexo convencional, la yuxtaposición
utiliza pausas o comas, como cuando decimos “llegué, vi, vencí”.
Yuxtaponer significa colocar una cosa junto a otra. En un libro de
cuentos, por ejemplo, los relatos aparecen uno al lado del otro sin otro
vínculo que la página que los separa para dar paso al siguiente. En la
mayoría de las oraciones yuxtapuestas, sin embargo, a menos que estén
tan descoyuntadas como aparentan, hay un vínculo invisible que indica
algún tipo de relación entre ellas. Así, en “llegué, vi, vencí" se
establece una sucesión temporal, lo mismo que en “murió mamá, la
enterramos, nos entregamos al dolor”.
También los buenos libros de
relatos están recorridos por un hilo conductor, que, visible o no,
somete a cierta unidad la diversidad que los caracteriza.
En la vida, la yuxtaposición suele obedecer también a algún criterio
unitario.
Los frascos de especias, en el supermercado, aparecen unos al
lado de los otros y ordenados por orden alfabético. Especias y alfabeto,
tales son sus puntos de articulación. Un Corte Inglés en el que los
calcetines aparecieran mezclados con los hígados de pollo sería un Corte
Ingles desquiciado. No existe de momento esa clase de Carrefour, pero
del mismo modo que hay matrimonios cuyos cónyuges aparecen unidos por
coordinación o subordinación, los hay meramente yuxtapuestos en el peor
sentido de la palabra. Están juntos, sí, pero como podrían estar juntos
un alicate y un rodaballo. No hay vínculo secreto que los articule, para
alcanzar ese grado de unidad mínimo que les permita disfrutar, no sé,
de ir del brazo al cine.
Viene todo esto a cuento de nuestros ministros. Los miembros de un
Gobierno deberían estar unidos fundamentalmente por relaciones de
coordinación. Coordinar, según el diccionario, significa, de un lado,
disponer las cosas metódicamente y, de otro, concertar medios,
esfuerzos, etc. para una acción común. Cuando decimos “Ministerio de
Economía y Hacienda”, por ejemplo, estamos simbolizando con esa “y”
copulativa los intereses que unen ambos departamentos. Ahora no lo
decimos porque los ministerios de Economía y Hacienda aparecen
yuxtapuestos. Están colocados el uno al lado del otro, sí, pero con la
misma eficacia que en un supermercado loco venderían las máquinas de
cortar césped en la misma sección que el menaje de cama. De hecho,
Montoro y Guindos son lo más parecido a uno de esos matrimonios ya
citados cuyos cónyuges están juntos por una equivocación del reponedor
de mercancías.
Economía y Hacienda metaforizan la relación gramatical existente
entre el resto de los departamentos. Uno sigue con paciencia infinita
las declaraciones de unos y de otros en busca de una sintaxis conocida y
no halla más que un conjunto de personas yuxtapuestas sin otra
intención que la de hacer bulto y aguantar en el puesto, que debe de ser
una bicoca. Imaginamos las reuniones del Consejo de Ministros como una
suerte de cajón de sastre donde Industria y Cultura y Fomento e
Interior, por citar solo unos pocos departamentos, conviven en una
suerte de sálvese quien pueda al modo en que una nevera rota y una
mesilla de noche desencolada conviven en un guardamuebles, sin otro
criterio que el de ocupar el menor espacio posible. Los ministros del
Gobierno ocupan poco espacio, pero ni siquiera esas apreturas a las que
les obliga el pánico sirven para coordinar o subordinar, solo para
yuxtaponer, aunque no, por desgracia, en el sentido gramatical del
término. Una relación imposible.
ESPECTACULAR ARTÍCULO DE JUAN JOSÉ MILLÁS !!!